El cerebro social

El antropólogo británico Robin Dunbar propuso la hipótesis del cerebro social. Estudio la conducta de 38 especies de primates y comprobó una correlación entre el tamaño de su córtex y su vida en grupos extensos y complejos. No obstante, la diferencia no es exclusivamente de dimensión del córtex; ante todo, las diferencias de estructura revestirían diferencias funcionales significativas.
La vida social confronta al individuo a un entorno externo diferente al existente en una vida en solitario o en grupos muy reducidos y poco estables. Los recursos necesarios serían diferentes y esto se evidenciaría en desarrollos del sistema nervioso central, en especializaciones funcionales de determinadas áreas del mismo. La vida sociedad incrementa la frecuencia y la intensidad de las interacciones interindividuales y sociales; y, para esta confrontación necesitamos recursos; o, la recurrencia de las mismas nos han llevado paulatinamente, como resultado de la evolución, a desarrollar recursos e interconexiones neuronales.
La pertenencia al grupo conduce a unas demandas y restricciones diferentes. El desarrollo de las emociones y su expresión, la comunicación, la coordinación, el enfrentamiento en un contexto de permanencia de las relaciones, y las resolución de problemas y conflictos, propician un medio ambiente externo particular.
La evolución también ha propiciado que las características del medio interno del hombre coevolucione con el medio externo. Con todo, la evolución parece haber propiciado determinadas partes de nuestro neocortex. O mejor dicho que éste se desarrolle adquiriendo determinadas características estructurales y posibilitan el desempeño de nuevas funciones. Vida social conduce y requiere una cognición social.
En esencia, enfrentarse a un objeto que se acerca no es lo mismo que hacer frente a una persona que se aproxima. Quedaría la duda qué diferencia existe entre las necesidades neuronales que se requieren para hacer frente a un individuo que se acerca a nosotros si éste pertenece a nuestra misma especie o se corresponde con un miembro de otra especie.

¿La primera impresión es lo que cuenta?

Luca Coge

Vivimos rodeados de gente. Algunas personas las conocemos desde siempre, otras acabamos de encontrarlas o nos las han presentado hace nada. Pero en todos los casos, siempre nos formamos diferentes impresiones sobre todas estas personas. Construimos esas impresiones por lo que hemos oído acerca de una persona, por lo que otros nos han dicho o por nosotros mismos sin la ayuda aparente de nadie. En muchas ocasiones, cuando nos presentamos a alguien por primera vez, queremos dar una buena impresión pues, actuamos convencidos de que la primera impresión es importante.

Una impresión es una opinión, sentimiento, juicio que algo o alguien suscitan, sin que, muchas veces, se puedan justificar. Todos nos formamos impresiones de los demás. En este caso, llevamos a cabo un proceso mediante el cual inferimos una serie de características psicológicas a partir de la conducta y de otros atributos de la persona observada. Estas características se organizan en una impresión coherente. Pero en este proceso no llevamos a cabo una exploración en profundidad de la persona en cuestión, ni tampoco es frecuente que contrastemos nuestras inferencias con las de otras personas. De hecho, solemos construir nuestras impresiones de un modo rápido y a partir de un número reducido de elementos, que en ocasiones no tienen porque ser correctos.

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