¿La primera impresión es lo que cuenta?

Luca Coge

Vivimos rodeados de gente. Algunas personas las conocemos desde siempre, otras acabamos de encontrarlas o nos las han presentado hace nada. Pero en todos los casos, siempre nos formamos diferentes impresiones sobre todas estas personas. Construimos esas impresiones por lo que hemos oído acerca de una persona, por lo que otros nos han dicho o por nosotros mismos sin la ayuda aparente de nadie. En muchas ocasiones, cuando nos presentamos a alguien por primera vez, queremos dar una buena impresión pues, actuamos convencidos de que la primera impresión es importante.

Una impresión es una opinión, sentimiento, juicio que algo o alguien suscitan, sin que, muchas veces, se puedan justificar. Todos nos formamos impresiones de los demás. En este caso, llevamos a cabo un proceso mediante el cual inferimos una serie de características psicológicas a partir de la conducta y de otros atributos de la persona observada. Estas características se organizan en una impresión coherente. Pero en este proceso no llevamos a cabo una exploración en profundidad de la persona en cuestión, ni tampoco es frecuente que contrastemos nuestras inferencias con las de otras personas. De hecho, solemos construir nuestras impresiones de un modo rápido y a partir de un número reducido de elementos, que en ocasiones no tienen porque ser correctos.

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